Corrió al único lugar donde se sentía más segura: su habitación. Se dejó caer sobre la cama y dejó que las emociones de los últimos días se convirtieran en lágrimas ante el destino que le esperaba.
Se sentía como un pajarito encerrado en una jaula dorada, al que le habían arrebatado el derecho a ser libre y a volar. Dejó que el llanto fluyera libremente; era un llanto liberador y, curiosamente, aquel día no había pensado en ningún momento en huir.
No podía aceptar vivir así. Tras casarse, proba