La habitación, a pesar de ser lujosa, parecía una celda. El vestidor era inmenso, el baño puro lujo, las cortinas de seda, la cama mullida… todo se volvía asfixiante porque no había puertas que la llevaran realmente a la libertad.
Natalia cerró los ojos y, en silencio, se prometió a sí misma:
— Voy a salir de aquí… no importa cómo.
Pero cuando le vino a la mente el recuerdo de la mirada de Fernando, fría como el acero, implacable, controladora, un escalofrío le recorrió la espalda. La promesa q