La cena de aquella noche parecía repetir la de l , y tantas otras: pesada, silenciosa, casi sofocante. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido que rompía el aire tenso en la mesa.Fernando estaba sentado a la cabecera, con el rostro adusto y la mirada distante. Apenas tocaba la comida. Natália, a su derecha, intentaba mantener la compostura, pero cada movimiento de él le oprimía el corazón.Mariana permanecía con la cabeza gacha, removiendo el plato sin apetito, y la señora Catarina, erguida como una estatua, observaba todo con la rigidez que le era habitual. De vez en cuando lanzaba miradas severas a Natália, miradas que decían más que las palabras.Carlos intentaba, en vano, distender el ambiente.—El ganado del nuevo pastizal está respondiendo bien al cambio —comentó, tratando de parecer despreocupado—. Si sigue así, en dos meses tendremos un buen beneficio.—Hum —respondió Fernando con un simple sonido grave, sin levantar la vista.Natalia, en un inten
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