En cuanto la puerta se cerró tras ella, Fernando, en un arrebato de furia, barrió la mesa con las manos, tirando al suelo todo lo que había sobre ella, y luego cogió un vaso y lo lanzó contra la pared; solo entonces el silencio pareció tomar forma.Fernando permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando únicamente el sonido de su propio corazón latiendo con fuerza, como si resonara en las paredes de la oficina. Se pasó las manos por el pelo, respirando hondo, tratando de recomponerse.«¿Por qué pierdo el control cada vez que ella me planta cara?», pensó.Había algo en Natália, esa mirada firme, la voz temblorosa, la forma en que lo desafiaba, que le hacía querer al mismo tiempo abrazarla y darle unas palmadas como a una niña desobediente.Se levantó y empezó a caminar por la habitación, con el rostro sombrío.—Maldición… —murmuró, apretando los puños.Fernando suspiró y se detuvo ante la ventana. Afuera, el jardín estaba bien cuidado, pero él no lo veía.«Si al menos ella sinti
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