—¿Fernando...? —murmuró, con voz temblorosa—. Yo… yo estaba soñando…
Él respiró hondo, como quien intentaba contener una furia que ella veía en sus ojos.
—Lo sé —respondió, soltándole lentamente las muñecas—. Y no es la primera vez.
Natalia lo miró fijamente, aún aturdida.
— ¿Cuándo llegaste?
Fernando no se esperaba hasta el día siguiente, pero parecía que había llegado en mitad de la noche.
Él desvió la mirada y cogió el albornoz que y ía sobre la silla. El sonido de la tela deslizándose por