Carlos soltó un suspiro demasiado exasperado para su temperamento y tiró la servilleta sobre la mesa.
—No seas ridículo, Fernando. —Y se retiró, sin esperar respuesta.
El silencio que siguió fue sofocante. Si el ambiente ya era malo, empeoró aún más. El aire parecía demasiado pesado. Natália respiraba con dificultad, con el corazón oprimido. Quería gritar, decir algo que rompiera ese muro entre ellos, pero cuando habló, su voz salió suave, casi temblorosa.
— Mira, Fernando… no sé qué ha hecho M