Tal y como Natália había imaginado, poco después del café, Mariana se dirigió al establo. Corrió a cambiarse de ropa; a propósito, llevaba un vestido ligero de algodón beige. Había dejado la ropa de montar aparte para no levantar sospechas de que ella también iba a montar.
En cuanto llegó al establo, vio a Mariana discutiendo con uno de los peones y, poco después, ella salió al galope dejando al señor con el rostro preocupado.
—Buenos días, Januário. Ensilla a Aurora para mí.
— ¿Quiere que la a