La cercanía de sus labios roza mi nuca y desciende, lenta e implacable, hasta la entrepierna. Es una cosquilla eléctrica, deliciosa y traicionera, que recorre mi cuerpo sin pedirme permiso. Por más que el francés me caiga de la patada, no logro reprimirla. La rabia conmigo misma llega de inmediato, áspera, violenta. Odio sentirme así. Decido guardar el episodio en el rincón más oscuro de mi memoria y no sacarlo jamás a la luz. No quiero admitir —ni siquiera ante mí— que gustosa habría pegado mis labios a los suyos.Apoyo las manos en su pecho y la firmeza de sus pectorales, duros, tensos, me sacude. Levanto la mirada y me encuentro con la suya: fría, fija, como si supiera exactamente lo que me está pasando por dentro. El aire se vuelve espeso. En un impulso que nace más del orgullo que del valor, lo empujo hacia atrás y huyo hacia el baño, con el corazón desbocado.Mi pecho sube y baja como si acabara de correr un maratón. Me apoyo frente al espejo y veo mis mejillas encendidas, los l
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