Experimento social con el francés malhumorado.
Tomo mi bolso y me dirijo rauda a la mesa donde el francés habla a viva voz. No entiendo nada de lo que dice, pero su molestia es evidente; no hay que ser adivina para notarlo. Tiene una arruga muy marcada entre las cejas y unos ojos claros, casi celestes, capaces de hipnotizar a cualquier mujer si así se lo propusiera… y, por lo visto, ya lo ha hecho con mi amiga, porque debo darle un codazo para que cierre la boca. Su reacción me desconcierta tanto que necesito tomar más aire de lo normal par