Hasta en la sopa.
La cercanía de sus labios roza mi nuca y desciende, lenta e implacable, hasta la entrepierna. Es una cosquilla eléctrica, deliciosa y traicionera, que recorre mi cuerpo sin pedirme permiso. Por más que el francés me caiga de la patada, no logro reprimirla. La rabia conmigo misma llega de inmediato, áspera, violenta. Odio sentirme así. Decido guardar el episodio en el rincón más oscuro de mi memoria y no sacarlo jamás a la luz. No quiero admitir —ni siquiera ante mí— que gustosa habría pegado mi