Simulo desprecio y lo miro con ira, o al menos eso intento. Él no debe darse cuenta de que el beso me gustó… porque me gustó demasiado. Fue un beso lento, firme, de esos que se quedan marcados en la piel. Delicioso. Imperdonable.No puedo estar sintiendo esto. Es un loco, un imbécil que me llamó cazafortunas, alguien que juzga sin conocer, que tiene la cabeza llena de prejuicios. Eso debería bastar para repelerme, para empujarlo lejos. Sin embargo, mi cuerpo no entiende de razones: el beso y la bofetada han encendido algo en mí, algo indebido, algo que me avergüenza admitir incluso en silencio.Intento no pensar. Si no fuera por esa mirada de triunfo —oscura, segura, peligrosamente consciente de su efecto— quizá ya me habría lanzado a sus brazos, como en las novelas, dejando que la realidad se vuelva locura por unos minutos. A veces pienso que la vida real debería permitir más atrevimientos, más descontrol… pero no. Debo ser sensata. Debo comportarme.Reúno el poco autocontrol que me
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