David encendió la camioneta y el motor rugió de inmediato; con la vista al frente, empezó a conducir desviándose de la ruta para salir de la ciudad. Miranda, con la pierna enyesada, suspiró al mirar por la ventana; tenía muchas cosas dentro de la cabeza, pero la que más le preocupaba era cómo llevaría su cuerpo al inodoro. David ingresó al parqueadero de una cabaña, bajó la silla y subió a Miranda, luego la empujó con precisión hasta la puerta y, al llamar, fue abierta por un caballero de mediana edad con uniforme de servicio.—Señores, buenas tardes. Don Saúl me informó que vendrían; la habitación está lista para que descanse la señora.—Perfecto, nos instalaremos de inmediato. Luego iré por algo de ropa y a reunirme con uno de los socios que insiste en verme… —informó, mientras la mirada cortante de Miranda caía sobre él.—¿Elena Blasco? —pronunció ella con el rostro pálido, en un susurro audible únicamente para David. Él asintió—. Adolfo siempre encontró el modo de evitarla —co
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