David de las Casas se encontraba sentado en la habitación principal de su mansión. Sentía que el peso del perfume de Miranda, que poco a poco se desvanecía en el ambiente, se volvía cada vez más fuerte y doloroso. Vencido por el cansancio, se quedó dormido con la cabeza apoyada en el ropero de su esposa mientras observaba el desastre intacto de aquella fatídica madrugada.Sin embargo, sus recuerdos no paraban ahí; retumbaban con crueldad, transportándolo en sueños hacia el lugar donde conoció a la pequeña Miranda. Siempre el mismo sitio, siempre la misma estructura, la música en los altavoces del centro comercial que daban a la calle... Todo seguía ahí, idéntico, pero en ese sueño él estaba completamente solo, abatido por la culpa, dudando entre buscarla con todas sus fuerzas o dejarla ir para siempre en una nube de algodón de azúcar. David ignoraba por completo que, a miles de kilómetros de distancia, Miranda permanecía frente al computador, observando fijamente aquella fotografía
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