Capítulo 2:

David, con su guitarra en el hombro, una carpeta de sueños escritos y una maleta vieja con sus pocas pertenencias, se detuvo al escuchar a Miranda sollozar. La había visto varias veces desde lejos, a veces sola, otras con Frederic; ese era su lugar, su ventana a los cálidos atardeceres que pintaban el cielo... Se paró del otro lado del barandal y lanzó, una a una, las hojas al agua. Se detuvo a contemplar su caída lenta, hasta que tocaron el fondo y se sumieron las tres hojas en su viaje final. Al ver la primera hoja ser arrastrada por la corriente, Miranda se giró, molesta.

—¡Oye! Deja de lanzar tu basura al río —reclamó ella.

—Oblígame —la retó David sin girarse—. Estas hojas ensucian menos que las fábricas que elaboran las joyas y el perfume que traes… —dijo tras voltear a enfrentarla.

Su sonrisa burlona la hizo hervir de furia. Su cerebro, procesando todo, la tenía fuera de sí; cruzó el puente peatonal, quería desquitarse con alguien y David estaba ahí provocándola en el momento equivocado. Su mirada desafiante escaneó a su oponente: el largo y descuidado cabello a juego con la espesa barba de años sin afeitar, la ropa vieja parchada con puntadas desiguales… Sonrió con superioridad e iba a gritarle todos los insultos conocidos, pero en ese momento, el dueño del candado parqueó la moto en el filo del puente y caminó hacia ella con un ramo de flores y una excusa.

—Amor, sabía que te encontraría aquí. Lo siento mucho, creo que me malinterpretaste; aún podemos vivir juntos y, si le pides disculpas a Adolfo, lo más seguro es que te reintegre a tu puesto. Mi vida, te entiendo perfectamente, estás cansada…

Sus palabras pegajosas, que en otros días la hacían derretir, en ese momento únicamente le generaron asco.

—No entiendes nada —gritó Miranda—. No eres tú el que pega el trasero en la silla frente al monitor hasta la madrugada y recibe únicamente quejas por errores que no te pertenecen. —Al escuchar la frase sobre los errores, Frederic se puso tenso, desvió la mirada y se acomodó la chaqueta, pero Miranda simplemente dejó fluir las palabras—: Por esos errores no hizo falta que renuncie; me despidieron —mintió con descaro solamente para ver qué cara ponía Frederic.

—Si le explicas, él entenderá. Puede ser que en las carreras de la mañana haya enviado el archivo equivocado.

Ella movió la cabeza y terminó con lo que llevaba atorado.

—No eres tú el que discutía con su padre defendiendo a una pareja que no movía un solo dedo por ella. No eres tú el que vio morir a su padre…

Miranda reemplazó las lágrimas por palabras afiladas que, al salir, hacían sangrar su garganta. Habló de los años juntos, de su falta de compromiso y lo tachó de manipulador. Frederic dejó en el piso el ramo de flores y reclamó:

—El trabajo que paga tus desplantes te lo conseguí yo. Aun así, cuando me dijiste que ibas a renunciar, te apoyé.

—Me apoyaste porque pensaste que iba a recibir la herencia de mi papá —reclamó ella con ironía.

El novio perfecto dejó caer su máscara.

—Ahí me tuviste, como tu pañuelo personal en el funeral de tu padre y antes en el hospital. ¿Quién se quedó sosteniendo tu mano? ¿Qué más quieres? ¿Que busque a otra que me valore?

Sus palabras hirientes despertaron el raciocinio que ella había perdido al enamorarse. Se secó las lágrimas con la mano, sosteniéndose al mismo tiempo en el barandal para no caer.

—Sí, creo que tienes razón. Puedes buscar a otra mujer que entienda que necesitas dinero para financiar una carrera que no acabas de empezar y te pague tus fines de semana de fiesta… ¡Oh, no! Olvidaba que ya la tienes. Eres un idiota infiel. ¿Qué hacías hoy en la tarde antes de ir a buscarme? —gritó con una intensidad que hizo a varios transeúntes parar en seco.

Para frenar a los mirones, él quiso abrazarla en vano; luchó intentando que se calmara, pero ella le hizo un gesto con la mano indicando el camino de regreso hacia donde las luces de la moto aún parpadeaban. Frederic todavía insinuó que, de ser su última palabra, encontraría sus maletas en la puerta. David se mantenía estático, apenas respiraba para no interrumpir la discusión de la que era espectador en primera fila. Ella desvió su mirada a los ojos verdes de David; iba a decirle que dejara de ser un fisgón, pero esos ojos la miraban con una fuerza que le decía: “Hey, no estás sola”.

—Está bien, saca mis cosas y evítame el disgusto de verte otra vez —aceptó resignada.

—A ver quién soporta tu histeria y, sobre todo, quién soporta tus asfixiantes pretensiones. Estamos en el siglo XXI… —recalcó. Las palabras envenenadas fluían, pasando del novio arrepentido a un depredador dispuesto a atacar.

Miranda se quedaba sin argumentos. No importaba quién pagaba el departamento o quién corregía los informes hasta la madrugada; al final, él siempre pretendía tener la razón.

El intercambio de reclamos se detuvo por un momento; las lágrimas en los ojos de Miranda empezaban a fluir otra vez. David conocía cómo terminaban sus peleas: los había visto, aunque era la primera vez que estaban tan cerca. Entonces, su guitarra rozó ligeramente el brazo de Miranda. Ella sonrió, recuperando la firmeza de sus piernas.

—Ya tengo un roomie. Te presento a mi primo lejano; vamos a vivir juntos. Mañana iré por mis cosas.

Frederic miró a David, escaneando sus pertenencias.

—Será bajo el puente, porque, don "alma libre", eso es lo que hace. Vamos, David, cuéntale que don filósofo dejó todo porque estaba en contra del sistema —sentenció Frederic, dando la vuelta para retirarse.

—Hay más nobleza en los agujeros de mis pantalones que en toda tu ponencia de mártir —respondió David con calma.

—Van a sentirse muy cómodos juntos bajo el puente —recalcó Frederic con una sonrisa triunfal. Como su última "obra buena" del día, añadió—: Puedes quedarte las flores para que adornes tu nueva habitación.

Sintiéndose el héroe de su propia historia, se retiró con lentitud calculada, sonriendo.

—¡Prefiero dormir bajo el puente a volver contigo! —contestó Miranda a gritos, mientras lanzaba el ramo de flores haciéndolo pedazos a las fauces del río.

David sonrió entre dientes y la miró. Al encontrarse con sus ojos sobre ella, la "novia histérica" recalcó:

—Las flores son orgánicas, no van a causar más contaminación que tus sucias hojas.

El vagabundo, evitando la confrontación, se sentó y colocó los acordes rebeldes de una melodía sobre las cuerdas. Miranda, cruzada de brazos, vio el humo del escape de la moto desaparecer entre las calles.

—Ojalá te quedes sin gasolina —murmuró antes de girarse y encontrarse con la sonrisa mal disimulada de David.

—Si en serio vamos a ser roomies, me retiro de aquí a las diez u once de la noche —comentó él sin dejar de afinar la guitarra—. Pero a las ratas que tengo por mascotas no les gusta la competencia y no toleran los gritos. Tengo cuatro.

Miranda blanqueó los ojos con asco.

—No lo haré —respondió tajante.

—Entiendo: me usaste y mentiste sobre nosotros. Seguro tu novio te espera con los brazos abiertos.

—Acabas de presenciar que a los chantajistas los mando al infierno —respondió Miranda, acomodando su cartera para retirarse.

—Si me mandas al infierno, tendrás que enseñarme el camino —solicitó David con una sonrisa, colocando sus dedos en un si sostenido.

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