Después de que Alina se fue, Lia seguía dominada por el miedo. Salió corriendo hacia la casa y entró llorando a la habitación de Mariza.—¡Mamá, mamá, tienes que ayudarme a darle su merecido a la gorda!La joven lloraba desconsolada, lo que despertó una profunda lástima en su madre.—Ven, mi niña, ya no llores. Cuéntame, ¿cómo te molestó esa escasa de cerebro esta vez?Mariza ayudó a su preciada hija a levantarse.Entre sollozos, Lia le explicó a tropezones cómo había contratado gente para fastidiar a su hermana.—Me amenazó con quitarme todo lo que más me importa, con evitar que siga siendo una señorita de familia, ¡y hasta quiere robarme a mi Vi! Mamá, ¡si me quedo sin él, me muero!—¡Esa perra miserable! ¿Se cree la dueña del mundo? No te asustes, mi niña, aquí estoy yo y no te va a quitar nada.La mujer intentó consolarla. No podía permitir que esa bastardilla tratara así a su preciosa hija. Tras reflexionar un segundo, indagó más.—¿Acabas de mencionar que Alina confesó estar suc
Leer más