Oliver la apartó de un empujón, agarró el cuchillo de frutas y regresó a su cuarto sin mirar atrás. La puerta retumbó al cerrarse.Alina, que no podía sostenerse sola, cayó sentada al suelo. No entendía nada: ¿por qué Edgar tampoco la quería?Ahí se quedó, en el piso, derramando lágrimas sin poder hacer nada.Oliver entró a su habitación, aventó el cuchillo a un lado y se dejó caer en la cama.Recordando las cosas sin sentido que acababa de decirle Alina, empezó a dudar: ¿de verdad era la misma chica de siempre? ¿La señorita de la familia Quiroga?Su abuelo había dicho que antes estaba tan gorda como un tonel, y de repente se había adelgazado así. Los medicamentos que le daban debían haberla dejado atontada, pero ella parecía más espabilada que cualquiera.Y encima de eso, todas las cosas que había soltado entre sollozos: combate, tiro, que la habían matado, que la habían traicionado... ¿qué clase de vida era esa para una muchacha de buena familia?Recordó cómo lo había jalado del sac
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