La planificación de la "boda de verdad" se convirtió en un torbellino que, por primera vez, no se sentía como una carga legal. Adrián había insistido en que no quería abogados revisando la lista de invitados, ni cláusulas de confidencialidad para los camareros. Quería algo real.
Pasamos la mañana en el jardín de la mansión con una organizadora de eventos. Adrián, que normalmente solo discutía adquisiciones de empresas, estaba extrañamente interesado en el tipo de flores que adornarían el altar.