El silencio en la habitación del hospital era tan denso que hasta los monitores parecían sonar más fuerte.Mi padre, pálido y conectado a cables, nos miraba a los dos con una mezcla de cansancio y determinación. Adrián seguía congelado a mi lado, su mano apretando la mía con tanta fuerza que casi dolía.—¿Qué dijiste? —preguntó Adrián con voz peligrosamente baja.Ernesto Rivas respiró hondo, como si cada palabra le costara la vida.—Laura Varela descubrió que tu padre, Santiago Varela, estaba desviando millones de la empresa familiar a cuentas offshore. No solo eso… estaba lavando dinero para gente muy peligrosa. Cuando ella amenazó con entregarlo todo a las autoridades, tu padre ordenó que la eliminaran. Yo solo intenté detenerla para proteger mis propios negocios, pero nunca ordené su muerte. El que dio la orden final fue Santiago.Adrián soltó mi mano como si quemara.—Mientes —gruñó, dando un paso hacia la cama—. Llevas años mintiendo. Primero me destruyes a mí, luego intentas des
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