A la mañana siguiente, el espejo me devolvió la imagen de una mujer que no reconocía. Estaba rodeada de seda blanca, encaje francés y el murmullo de tres asistentes que ajustaban el vestido para la "boda real". Cualquiera que me viera pensaría que era la novia más afortunada del mundo, pero bajo el corpiño ajustado, mi pecho se sentía oprimido por el peso de lo que había leído en la caja fuerte.
La Cláusula 17 era una sentencia de muerte para mi autonomía. Si mi padre moría, yo pasaba de ser un