La mansión de Isabel Rivas se alzaba sobre los acantilados negros de Terranova como una aberración de piedra y herrajes góticos, resistiendo los embates de la ventisca del Atlántico. Los mercenarios nos escoltaron a través de pasillos gélidos iluminados por candelabros de bronce, un trayecto donde la opulencia se mezclaba con el olor a pólvora y humedad.
El gran salón comedor estaba preparado para una gala perversa. En la cabecera de la inmensa mesa de roble, Isabel Rivas presidía la cena vesti