El parpadeo de la pantalla con la imagen de Valeria amordazada congeló el aire del salón. El botón bajo el dedo de Isabel era una amenaza real que ninguna apelación legal podía frenar en sesenta segundos. Miré a Adrián de reojo; sus nudillos estaban blancos, conteniendo el impulso suicida de masacrar a los guardias. Tenía que enfriar el tablero.
—Doce horas, Isabel —declaré, mi voz recuperando la cadencia gélida de la Viuda Negra—. No voy a firmar una capitulación absurda que tus socios de Thor