El eco de la bofetada silenció por completo el Gran Salón del Museo de Arte Moderno.La música de cámara pareció detenerse, y el murmullo de los cientos de invitados a la gala de beneficencia corporativa se congeló. En el centro de la pista, bajo la luz de los candelabros, mi mano aún ardía por el impacto. Adrián giró el rostro lentamente, la marca roja de mis dedos floreciendo en su mejilla.—¡Me mentiste! —grité, mi voz resonando con un resentimiento desgarrador, lo suficientemente alto para que cada reportero en la sala lo grabara—. ¡Construiste tu imperio sobre las ruinas de mi familia! ¡No eres mi esposo, Adrián, eres mi carcelero!Los flashes de las cámaras estallaron como relámpagos, devorando nuestro espectáculo. Adrián apretó la mandíbula, sus ojos oscuros brillando con una furia fingida que habría engañado a cualquier psicólogo.—Estás histérica, Elena —escupió él, interpretando al CEO arrogante y acorralado a la perfección—. Si das un paso fuera de este matrimonio, te aplas
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