El silencio en la oficina de obsidiana era absoluto, roto únicamente por la respiración entrecortada de Mateo, quien seguía arrodillado en el suelo, aferrado a su teléfono inútil.Victoria Sterling me observó fijamente. La sonrisa macabra había desaparecido de su rostro esculpido. Por primera vez, la viuda negra entendió que no estaba lidiando con una niña asustada ni con una esposa en duelo, sino con una mujer que acababa de asimilar la oscuridad de su propio marido.—Palabras valientes para alguien que acaba de perder sus cuentas bancarias, a su hacker y a su perro de presa en menos de diez minutos —comentó Victoria, caminando lentamente hacia su escritorio—. El Anexo 4 te hace dueña de una empresa vacía, Elena. Adrián está camino a una celda de máxima seguridad. Estás completamente sola.Guardé el documento firmado en el bolsillo interior de mi abrigo, asegurándolo contra mi pecho. El papel pesaba como si estuviera hecho de plomo. Adrián me lo había entregado todo. Se había inmolad
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