La lluvia de la Columbia Británica no tenía la violencia mística de las tormentas del norte; era un llovizna persistente, tibia y gris, que se pegaba al parabrisas del autobús como una capa de grasa limpia. Habíamos cruzado el paralelo 60 durante la confusión de la tarde, y el cambio se notaba no tanto en el relieve de las montañas, que empezaban a perder sus aristas de granito para redondearse en colinas cubiertas de pino Douglas, sino en el olor. A través de las juntas defectuosas de la última ventanilla, el aire ya no sabía a ozono seco ni a la cal fría del búnker. Sabía a turba húmeda, a corteza de abeto podrida y a ese vaho dulzón que desprenden las llanuras cuando el hielo se retira de las raíces.El autobús se detuvo en una estación de servicio de la localidad de Fort Nelson poco antes de las seis de la tarde. El motor permaneció al ralentí, un ronroneo asmático que hacía vibrar los ceniceros de chapa de los asientos vacíos. La mayoría de los pasajeros —tres mecánicos de la mad
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