La lluvia de la Columbia Británica no tenía la violencia mística de las tormentas del norte; era un llovizna persistente, tibia y gris, que se pegaba al parabrisas del autobús como una capa de grasa limpia. Habíamos cruzado el paralelo 60 durante la confusión de la tarde, y el cambio se notaba no tanto en el relieve de las montañas, que empezaban a perder sus aristas de granito para redondearse en colinas cubiertas de pino Douglas, sino en el olor. A través de las juntas defectuosas de la últim