Alexander dejó su copa de cristal sobre el mantel y se reclinó hacia adelante, teniendo muy claro que iba hacer. Sus ojos verdes, que siguieron a Maya hasta que se perdio en el baño se clavaron en Maximiliano.
—Maximiliano, no hemos venido hasta Florencia solo para cenar —empezó Alexander, con una voz baja y firme que cortaba como un bisturí—. Estás aquí porque sabes que mi tecnología es el siguiente paso lógico para tu multinacional. Y yo estoy aquí porque necesito que hablemos de hombre a hom