—No —gruñó cuando sus ojos atónitos lo interrogaron—. No eso. Y mucho menos así. Yo… quiero hacerte el amor, ¿no lo entiendes? —dijo, sacudiéndola—. Quiero tomarte en mis brazos, besar tus pechos y susurrarte dulces palabras al oído. Quiero… quiero…Interrumpió su apasionado discurso y simplemente la besó, la besó hasta que ella gimió y se derritió en sus brazos. Cayeron juntos sobre la cama, con las bocas aún unidas, las extremidades entrelazadas, las manos buscando frenéticamente lugares íntimos. Esta vez no hubo preliminares hábiles por su parte, solo acción salvaje y urgente. Su boca se separó de la de ella, solo porque necesitaba aire. Ella parecía igual de desesperada, levantando las piernas para rodearlo, abriendo su cuerpo de par en par para él. Se deslizó dentro de ella como un cuchillo en mantequilla caliente, sus músculos aferrándose a él y atrayéndolo profundamente.—Oh, Dios —gimió ella—. ¿Por qué te dejo hacerme esto? —¿Hacer qué? —preguntó entre dientes—. ¿Qué te estoy
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