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Dio un trago rápido al whisky con soda. —Malditos hombres. No se puede confiar en ellos. En ninguno. No te aman ni confían en ti. Solo quieren poseerte y saber todos tus secretos sexuales y… y…

—Pero no tienes ningún secreto sexual, Angela —señaló él, intentando mantener la calma ante su furia—. No has tenido vida sexual. No desde que murió tu marido. No ha habido ningún hombre en tu vida durante todo este tiempo. ¿Por qué, Angela? Quiero saberlo.

—¿Ah, sí? ¡Pues qué suerte tienes! Pensé que e
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