Tragó saliva al verla en cámara lenta, con la mirada fija primero en sus pechos aún audazmente descubiertos, luego en el suave monte de Venus entre sus muslos. Toda su ira, que antes controlaba, se desvaneció, reemplazada por un deseo tan ardiente y feroz que lo asustó.—Estuviste fuera mucho tiempo —explicó ella con frialdad al llegar junto a él—. Simplemente tenía que ir al baño. Estaba desesperada. No te preocupes. Volveré enseguida a donde estaba, como te ordené.Cuando ella intentó pasar a su lado, él extendió la mano para agarrar la muñeca más cercana, haciéndola girar y luego atrayéndola con fuerza hacia sí.—Rodéame el cuello con los brazos —le dijo, y ella obedeció, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos.Con los tacones tan altos que llevaba, la diferencia de altura entre ellos era mínima —Angela era alta—, así que la unión de sus muslos estaba justo en el lugar perfecto para él. Ya no había tiempo que perder, se dio cuenta; los frenos que había estado ejercien
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