Adentro reinaba el caos; la sala de espera estaba abarrotada de pacientes. El sábado por la noche, por supuesto, era la noche de mayor afluencia en urgencias de cualquier hospital grande. Tardaron un rato en atender a Sebastian, y luego lo llevaron hasta donde yacía George, con los ojos cerrados y el rostro pálido, en una estrecha cama de hospital, con su madre sentada a su lado. Ella se veía muy aliviada al ver a Sebastian.
—¿Cómo está? —preguntó Sebastian enseguida mientras la abrazaba.
—Esto