El agua del baño se cortó y sintió un nudo en el estómago. Sebastián resopló con disgusto. ¡Menudas promesas! Era él quien tenía miedo. Miedo de perderla.
¿Qué era lo mejor?, se preguntó. Más sexo en ese momento parecía excesivo. Mejor que esperara un rato. Reavivar su pasión. Y la suya. Al fin y al cabo, era solo un hombre, no una máquina.
La invitaría a cenar. Mataría dos pájaros de un tiro. Les daría un respiro a ambos y la obligaría a charlar un poco con él.
Hablar podía ser tan seductor —e