—No, no lo son —sollozó—. No son secundarias. Son una de las cosas más importantes para ti. Y no me amas. En realidad, no. Es solo sexo. Si pasas un mes entero acostándote conmigo, noche tras noche, este supuesto amor que sientes se desvanecerá un poco y agradecerás que no te haya dicho que me casaría contigo esta noche. Incluso si de verdad me amaras, cualquier matrimonio entre nosotros está condenado al fracaso. Acabarías odiándome.
—Lo dudo. Ya intenté odiarte y no funcionó. Tampoco funcionó