La noche cayó sin aviso.
Ziara no recordaba haber encendido las luces del apartamento, pero ahí estaba, sentada en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el sofá y el teléfono apagado entre las manos no dormía,no lloraba tampoco pensaba con claridad,estaba agotada,no del día,de todo.
Había pasado horas mirando el mismo punto de la pared, repasando mentalmente cada decisión que la había llevado hasta allí,cada “no” pronunciado,cada límite impuesto,cada momento en el que eligió dignidad en