La cena transcurrió en silencio. No un silencio cómodo, como los que solíamos compartir, sino uno tenso, cargado de palabras que ninguno de los dos se atrevía a decir. Lucy, ajena a la tormenta que se cocinaba entre nosotros, comió sus espaguetis con entusiasmo y contó una historia interminable sobre un niño de su clase que había llevado una serpiente de mascota al colegio.William asentía con la cabeza, pero sus ojos no se apartaban de mí. Me observaba como si intentara leer algo en mi rostro, algo que yo no estaba dispuesta a mostrar.Cuando Lucy terminó, él se levantó de la mesa.—Vamos, princesa. Es hora de dormir.—¿Me lees un cuento? —Preguntó Lucy, tomándolo de la mano.—Claro que sí.Subieron las escaleras juntos. Yo me quedé en la cocina, con la taza de té ya fría entre las manos, escuchando el eco de sus pasos alejarse. Margaret me observaba desde el fregadero, con una expresión que mezclaba la preocupación y la curiosidad.—¿Pasa algo, señorita Helena? —Preguntó, secándose
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