La cabaña quedó en silencio cuando los últimos autos desaparecieron entre los árboles.
Antonia no se movió del claro. El viento movía las copas de los pinos, trayendo el olor a tierra mojada y resina, pero ella no sentía nada. Solo el peso de lo que acababa de escuchar. Detrás de ella, Noah esperaba en el umbral, con el brazo en cabestrillo, los moretones marcándole el rostro. No preguntaba. No urgía. Solo estaba ahí.
Elena salió de la cabaña con un cofre de metal negro que Antonia nunca había