La noche había caído sobre Madrid como un manto de terciopelo negro. Lenna estaba sentada en el sillón de la sala, con Diego dormido en su regazo, la mirada perdida en el jardín oscuro. Gloria había subido a acostarse hace un rato. Roberto también. La casa estaba en silencio, apenas roto por el crujir de la madera y el viento afuera.Juan Diego llegó una hora después. Venía de la oficina, con los ojos cansados, la corbata desajustada. Cuando entró, vio a Lenna en la penumbra, con el bebé en brazos, el rostro pálido, los ojos vidriosos. Algo le dijo que no estaba bien. Algo en su postura, en la forma en que apretaba a Diego contra su pecho, en la manera en que evitaba su mirada.—¿Qué pasó? —preguntó, dejando el maletín en el suelo.Lenna bajó la mirada. Diego se movió en su regazo. Un pequeño quejido, un puñito que se asomó por encima de la manta.—Hoy me encontré con Thomas —dijo, al fin.Juan Diego sintió que el corazón le daba un vuelco. Se sentó frente a ella, con las manos apoyad
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