La mañana llegó con un sol gris que se filtraba por los ventanales de la mansión como una luz enferma. Fabián se levantó temprano, antes que todos, y bajó las escaleras con pasos sigilosos. En la cocina, la madre de Thomas estaba preparando el desayuno. El aroma a café recién hecho llenaba el ambiente, y el vapor empañaba los vidrios de las ventanas. La mujer mayor lo miró con una sonrisa amable.
—¿Ya se va, muchacho? —preguntó, secándose las manos en el delantal.
—Sí, señora —dijo Fabián, con