La tarde caía sobre Madrid como un manto de luz naranja. En el jardín de la casa de los padres de Lenna, Diego corría detrás de una pelota de trapo que su madre le lanzaba una y otra vez. El niño reía con una risa contagiosa, tropezaba, se levantaba, volvía a correr. Sus piernas cortas se movían con una energía que parecía no tener fin. Juan Diego estaba en la galería, con una taza de café en la mano, mirándolos con una sonrisa que no se borraba de su rostro.
Lenna se agachó, atrapó a Diego en