La noche se había vuelto eterna para Thomas. Desde el momento en que se sentó en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, las pruebas en su bolsillo, la rabia quemándole el pecho, no había podido moverse. Las horas pasaron lentas, pesadas, interminables. La una, las dos, las tres. La casa seguía en silencio. En la habitación de invitados, los susurros habían cesado. Ahora solo se escuchaba el silencio, el mismo silencio que lo envolvía a él en esa habitación vacía.Poco antes de las dos, escuchó pasos en el pasillo. Pasos lentos, sigilosos, que intentaban no hacer ruido. La puerta de la habitación se abrió con cuidado. Anika entró en puntillas, con la bata puesta, el cabello desordenado, el cuerpo aún caliente por los encuentros con Fabián. Cuando vio a Thomas acostado en la cama, con los ojos cerrados, la respiración profunda, se quedó paralizada un momento. El corazón le latía con fuerza. Las manos le sudaban. La cabeza le daba vueltas. Pero él no se movió. Parecía dormir.A
Leer más