La noche estaba densa, cargada de una humedad que pegaba la ropa al cuerpo y hacía que cada respiración fuera un esfuerzo. En la mansión de Thomas, el silencio era absoluto. El reloj de la pared marcaba la una de la madrugada cuando Thomas subió las escaleras con pasos lentos, pesados, arrastrando los pies como si cada escalón fuera una condena. El whisky le ardía en la garganta, pero no le había quitado el dolor. Nada podía quitárselo.
Anika estaba despierta en la cama. El cabello suelto, la m