El auto se detuvo frente a la mansión. La señora bajó primero, con el rostro cansado, los ojos brillantes de haber llorado en el camino de regreso. El señor la siguió, apoyado en su bastón, más lento que antes, pero con la misma firmeza de siempre. Entraron a la casa. Thomas los esperaba en la sala, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, la mirada perdida en el jardín.—¿Y? —preguntó, girándose hacia ellos—. ¿Lo vieron?—Lo vimos —dijo la señora, dejándose caer en el sofá.—¿Y? —insistió Thomas, con la ansiedad dibujada en el rostro—. ¿Se parece a mí? ¿Es mi hijo?La señora y el señor se miraron. Hubo un silencio denso, pesado, como una losa que cayera sobre ellos.—Siéntate, hijo —dijo el señor—. Esto no es algo que se diga de pie.Thomas obedeció. Se sentó en el sillón frente a ellos, con las manos apoyadas en las rodillas, el cuerpo tenso, los ojos fijos en los labios de su madre.—El bebé es hermoso —dijo la señora, con la voz suave—. Es pequeñito, pero se ve sano. Ti
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