La mañana siguiente, Juan Diego se levantó temprano. El sol apenas comenzaba a asomar cuando ya estaba vestido, con un traje impecable y el cabello peinado hacia atrás. Besó a Lenna en la frente, acarició la cabeza de Diego, y salió de la casa con paso firme. Hoy tenía que ir a la sede de la empresa. Necesitaba ponerse al día con los proyectos que había dejado pendientes durante su ausencia.El edificio era imponente, de cristal y acero, con vistas al mar. Los empleados lo saludaban al pasar, con una mezcla de respeto y admiración. Juan Diego respondía con una sonrisa, un gesto de cabeza, una palabra de aliento.Cuando llegó a su oficina, ella estaba allí.—¡Juandi! —exclamó una mujer, levantándose de la silla donde esperaba—. ¡Tanto tiempo!Era Alexandra. Su asistente de toda la vida. La que había estado a su lado desde los primeros días de la empresa, cuando todo era incertidumbre y riesgo. Era alta, de cabello castaño oscuro, ojos verdes, figura esbelta. Vestía un traje sastre colo
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