La noche seguía su curso en la mansión de Thomas, pero él ya no podía dormir. La pesadilla había quedado atrás, pero las palabras que había dicho seguían resonando en su cabeza como un eco que no se iba. El bebé de Lenna es mío. Lo había dicho sin pensar. Lo había dicho en un momento de debilidad, de miedo, de confusión. Pero ahora, en el silencio de la habitación, con Anika durmiendo a su lado, la duda se instaló en su pecho como un animal salvaje que no podía domesticar.
¿Y si era verdad? ¿Y