Raúl miró el plato de carne asada casi intacto y luego alzó la vista hacia la señora Francia, quien esperaba junto a la mesa. Toda la logística de la hacienda respondía a sus órdenes directas cuando se trataba de ganado, empleados o cosechas, pero frente a las necesidades de una niña de cinco años, el gran hacendado se sentía completamente analfabeto.—Señora Francia —ordenó Raúl, apoyando los codos en la mesa—. Para mañana quiero que mande a hacer de todo en la cocina. Caldos, postres, dulces, frutas... de todo. No tengo la menor idea de qué le gusta comer a Emma, así que preparen variedad hasta que descubramos sus gustos. Y otra cosa: llame a la mejor tienda de ropa de la ciudad. Quiero que traigan vestidos, zapatos, pantalones, abrigos y todo lo que una niña pueda necesitar. Llenen ese clóset de cosas nuevas.La ama de llaves asintió con una sonrisa oculta. Raúl nunca en su vida había tenido que comprarle nada a nadie; sus relaciones siempre habían sido transacciones rápidas o muje
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