El viernes por la mañana, la entrada del rancho Flores amaneció con un movimiento inusual. Un camión de transporte veterinario de última generación, con el logotipo del Centro Ecuestre de Guadalajara, cruzó la reja principal bajo la escolta del equipo de seguridad.Raúl Flores se encontraba al pie de las escaleras del porche, vestido con camisa negra de algodón, pantalones de mezclilla oscuros y botas de trabajo pulcras. A su lado, sujetada firmemente de su mano derecha, Emma observaba el enorme vehículo con los ojos muy abiertos, apretando contra su costado al vaquero Jack.Del asiento del copiloto del camión descendió una mujer. Llevaba una blusa de lino blanco con las mangas enrolladas hasta los codos, pantalones ajustados de equitación de color caqui y botas altas de cuero avellana. Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta alta, se mecía con la brisa fresca del campo. No llevaba joyas ostentosas ni el maquillaje cargado que solía caracterizar a las mujeres de la alta soci
Leer más