Cuando la camioneta negra cruzó la entrada principal de la hacienda, el sol de la tarde comenzaba a bajar, proyectando sombras largas sobre los corrales de herrería y los potreros. Raúl bajó del vehículo antes de que terminara de frenar por completo frente al porche.
Doña Marta lo esperaba en la puerta principal con el rostro desencajado y las manos entrelazadas sobre el delantal. Al ver la expresión del hacendado, la mujer contuvo un sollozo y se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—¿Dónde está