Caminar entre la multitud le ayudó a procesar el peso de lo que acababa de pasar. Valentina aceptó con una sonrisa amable las felicitaciones de unos socios de Julián, permitiendo que las señoras admiraran la forma en que su vestido azul marino delataba sus cinco meses de embarazo, pero su mente seguía en aquella terraza.Había pasado tanto tiempo odiando la sola mención del nombre de Isabella, sintiéndose pequeña y amenazada por su pasado con su esposo, que verla derrumbarse de esa manera le provocaba una sensación irreal. Ya no era la mujer inalcanzable que pretendía pisotearla; era una sombra de sí misma, devorada por la angustia de haber perdido al hombre que, contra todo pronóstico, había terminado amando.Crucé el jardín principal, buscando un poco de aire fresco cerca de las caballerizas, donde el bullicio de la fiesta se escuchaba más amortiguado. Valentina apoyó sus manos sobre su vientre, sintiendo un leve y maravilloso vuelco en su interior. Su hijo estaba ahí, ajeno al dram
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