El hombre dio dos pasos atrás. Ya había bajado el arma. Sabía que era la oportunidad perfecta que teníamos para escapar. Volteé a mirar a Michael para indicarle con la cabeza que hiciéramos algo. El hombre ya había bajado el arma; eso era todo lo que yo estaba buscando. Pero entonces, justo en el momento en el que estaba a punto de tomar su teléfono, más hombres aparecieron.Unos por unas puertas, otros por otras. Los Chubascos habían llegado. Desde su vestimenta hasta sus armas podían notarse, generaban más que una pandilla: traían escopetas, cuchillos, bates con alambre de púas y machetes también.Y la verdad logré asustarme bastante. Hubiera preferido un balazo a que me cortaran literalmente en pedacitos. Así que apreté los puños con fuerza, clavándome nuevamente las uñas en las palmas, reabriendo las antiguas heridas que ya me había provocado.Michael avanzó hacia donde yo estaba y, cuando su pecho rozó mi espalda, me murmuró al oído: — ¿Qué es lo que estás haciendo? — Estoy int
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