El silencio que siguió a la caída de William no duró ni un suspiro completo.Fue apenas un parpadeo.Un instante suspendido.Y luego…La puerta estalló.El sonido fue seco, violento, como si la madera y el metal se hubieran rendido al mismo tiempo. Las bisagras cedieron, la estructura se abrió de golpe y una oleada de hombres armados irrumpió en la sala como una marea negra.Los disparos comenzaron antes de que nadie pudiera reaccionar.No hubo advertencia.No hubo orden clara.Solo fuego.Y caos.Las balas atravesaron el aire en todas direcciones, rebotando en las paredes, en el metal, levantando polvo, chispas, fragmentos. El eco convirtió cada detonación en algo más grande, más ensordecedor, más difícil de procesar.—¡Al suelo! —gritó Mauricio.No lo pensé.Me tiré.Sentí su cuerpo encima del mío, cubriéndome, protegiéndome con una urgencia que no dejaba espacio a dudas. Su brazo rodeó mi cabeza, bajándome aún más, como si pudiera hacerme desaparecer entre el concreto.—No te mueva
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