La noche se asentó sobre la bodega como un peso denso, envolvente, casi sofocante.El ruido lejano de los hombres de seguridad, los pasos ocasionales, los radios susurrando órdenes… todo eso quedaba al otro lado de la puerta. Dentro de la habitación, en cambio, el silencio era distinto. Más profundo. Más íntimo.Más peligroso, de una forma completamente diferente.Mauricio estaba recostado a mi lado, sin soltarme.No era una cercanía casual. No era descuido.Era necesidad.Su brazo rodeaba mi cintura con firmeza, y su mano descansaba sobre mi abdomen como si quisiera proteger algo que todavía no podía ver. Sus dedos, grandes y cálidos, apenas se movían de vez en cuando, como si inconscientemente verificara que seguía ahí.Que yo seguía ahí.Lo observé en silencio.Había algo desconcertante en verlo así. Vulnerable sin admitirlo. Quieto, cuando todo en su vida era movimiento, estrategia, control.—No estás dormida —murmuró de pronto, sin abrir los ojos.Sonreí apenas, sin apartar la mi
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